Intro

Hombres apenas cubiertos de pieles (algunas de ellas animales, otras de una textura similar a la del cerdo: piel humana) se acercaron a los pastizales de la vera del río. Arrastraban prisioneros, atados en los pies y manos, con sogas atadas al cuello. No los llevaban demasiado rápido ni violentamente: debían llegar vivos a la orilla. En la arenisca de la breve playa frecuentemente visitada por la nieve del invierno depositaron los primitivos presidiarios a los extranjeros enemigos, aun atados, y se retiraron. El Hechicero se acercó desde entre la alta maleza, que llegaba a cubrirlos a todos, hasta el lugar donde  estaban los últimos tres enemigos vivos. Pronunció palabras rituales, oró por el alma del dios Caballo y por el dios cuyo nombre era Guerra y estaba prohibido nombrar. El craneo de caballo que llevaba en su cabeza, con el cuero pegado al hueso, recibió algo de arena de su portador. Acto seguido, con una daga que llevaba en una vaina de cuero humano atada a su cintura, los degolló. La sangre regó la playa. Los dioses estaban contentos: los andrófagos les sacrificaron los tres generales enemigos que intentaron invadirlos.

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