La Playa

1

Había sido una noche de horrible insomnio, la séptima en el último mes. Fuera, el sol ya iluminaba, furioso y blanquecino, la pared oeste del angosto patio de la casa, una Termópilas sudamericana donde aún no se lucharía en la oscuridad. Decidido por la luz de la ventana, fundamenté que era inútil seguir esperando un sueño que tal vez no vendría y que, si viniera, sería demasiado breve para poder descansar. Me vestí para salir a dar una vuelta hasta que comenzara el trabajo, seis horas y media después. Eran las seis y media de la mañana y faltaban dos días para el solsticio de verano.
Con un jean, una remera gris y unas zapatillas me puse en camino por la calle 33 hacia la playa, donde a las 13 entraba a trabajar. El día estaba claro, soplaba el viento leve desde este, del mar y, como de costumbre, se olía a salitre y agua cuanto más uno se acercaba, aunque tras tantos años viviendo alli ya no era tan fuerte ni sorprendente el olor.
Tras hacer dos cuadras y cruzar un puentecito (que está sobre un arroyo exiguo que termina diez cuadras al norte por donde iba y que veinticinco al sur se ocultaba, entubado), ya estaba a metros de llegar a la arena. Las gallaretas que vivían allí no me registraban, pero al Viejo Umpiérrez, el sereno del parador 11, lo seguían porque les llevaba pan del día anterior. Mediaban entre el arroyo con las gallaretas y la arena los paradores playeros, que ofrecían comidas, bebidas, helados y otras yerbas a los turistas. En uno de ellos (el parador 5) trabajaba yo, pero diez cuadras al sur. Saludé a Umpiérrez, que una hora después, a las ocho, debía terminar su turno de sereno y, si todo era tan rutinario como siempre, llevaría su bolsita de pan del día anterior, le tiraría los fragmentos pieza por pieza a las gallaretas, ellas se arremolinarían junto a él y luego el Viejo se tomaría el colectivo hasta su casa, en los fondos de la ciudad. Solo que ese día toda rutina se cortaría. El viejo, calvo, flaco y desgarbado, usaba, cuando se acordaba, dentadura postiza y sin ella tenía más espacios en blanco que blancos. Alzó la mano al verme, sonrío y se vieron esos espacios de un Teatro Negro de Praga mezclado con un decorado del viejo cine expresionista alemán. Alcé una mano saludándolo y con la otra me tapé la boca. Tras una carcajada, se puso la dentadura postiza.
– Perdoname, pibe, estaba desnudo y no me di cuenta. – y echó a reir.
Hablamos del torneo de verano que se jugaría en Mar del Plata, nos prometimos averiguar los precios para ir a ver a Boca (aunque ambos sabíamos que no lo haríamos) y seguí mi camino mientras Umpiérrez escuchaba al Polaco Goyeneche cantando Naranjo en Flor. En un lugar donde solo ponían música de moda, el Viejo se daba el lujo, cuando no había nadie, de escuchar al Polaco. Y al verlo escuchar embelezado a Goyeneche, lamenté que no escuchara la versión de Julio Sosa, que me parecía de un registro más tanguero, reo y barrial.
Graznando en voz baja despuésquéimportadeldespuéstodamividaeselayerquemedetieneenelpasado seguí caminando hacia la orilla del mar. Prendí un cigarrillo, mirando la costa. Estaba con poquísimo oleaje, casi nulo, y sin vistas de correntadas, aunque la bandera, que debería ser la de la noche anterior, era roja y negra (mar peligroso). El bañero iba a tener que tomarse el trabajo de poner la celeste de mar calmo.
El mar, siempre me había parecido el limite  último. Y estaba solo frente a ese límite. Madre había muerto hacía unos años. No conocí a Padre. Con Laura, mi mujer, nos habíamos separado hacía tres años y divorciado hacía uno. No tuvimos hijos. Pero tenía mi vida, que no era perfecta, pero era mía. Tomaba mis decisiones, afrontaba mis responsabilidades, jamás lastimaba a nadie, no rendía cuentas a nadie. Esa era mi premisa de vida. No molestar, no ser molestado era la premisa ad hoc deducible de esa primaria.
Prendí el segundo cigarrillo (estaba yo de espaldas al mar, mirando los paradores y cómo la arena seguía algo endurecida por la crecida del mar) y sentí un olor raro, no común, pero que me recordaba a algo. Tiré el cigarrillo al piso al instante. Era olor a azufre, Madre me lo pasaba por la espalda cuando tenía fuertes contracturas. “Es un aire”, decía ella.
Lo que creí era una nube (“no hay dudas, se mueve como una nube”, recordé de Vox Dei) que oscurecía el sol a mis espaldas, no lo era: estaba demasiado baja y estaba bajando a la altura de los paradores. Giré y lo que era un mar calmo estaba cubierto de un cortinado blanco de neblina, cuya parte superior había avanzado antes que la inferior, y se acercaba a la playa. Asustado (nunca había olido azufre con ninguna neblina), salí corriendo hacia los paradores. Cuando estaba a mitad de camino, cubrí, por las dudas, mi boca con el cuello de la remera. No sabía si era solamente una niebla, azufre o algo venenoso. Producto de lo que la percepción, el recuerdo y el subconsciente, tal vez, me vino a la cabeza una vez que fui a ver un Boca – Racing en La Bombonera y, como la fila se estaba desbandando, la policía tiró gases lacrimógenos: no sabía que irritaban tanto e, inocente, no solo expuse mis ojos sino también la nariz y la boca. Fue una de las sensasiones más feas jamás tenidas. Tal vez por eso es que me cubrí, aunque no fuera la misma situación. Nunca pensé que me sirviera de tanto esa experiencia. Terminé de correr en el puente sobre el arroyo frente a donde Umpiérrez trabajaba de sereno. No lo vi, pero se escuchaba lejano Los ejes de mi carreta. La niebla ocultaba los paradores y, casi imposible, se detuvo alli y ascendió despacio hasta que fue algo mínimo.
Lo que siguió sólo Dios puede explicar sus por qué.

2

Pasaron minutos hasta que la niebla se disipó, inexplicable, hacia los cielos. Todo pasó frente a mis ojos irritados por, pensé, azufre. Todavía llevaba el cuello de la remera gris clara sobre la nariz y la boca cuando todo esa pared blanquecina y nebulosa terminó de elevarse. Con una bandera amarilla y negra de Mar Dudoso me hice una casera máscara de gas mientras ponía mi remera en su posición normal. Me acerqué hasta el Parador número 11, donde había visto al Viejo Umpiérrez por última vez.
Por lo que veía, el humo se había disipado allí también y parecía que el olor también, al menos a través de mi improvisado y dudoso Morro de Cerdo.
Me separaban ochenta metros desde el puente al Parador y, cuando Umpiérrez trabajaba, lo hacía escuchando radio en una reposera de madera mirando al mar desde el lado este del local, el opuesto al que yo estaba. Se escuchaba mar de fondo, cosa que no ocurría cuando llegué y con un poco más de oleaje que antes por lo que oía de la rompiente, y El Firulete en la radio portátil. Sigiloso y, confieso, con miedo, me fui acercando hasta encontrarme del otro lado del localcito. De Umpiérrez, el viejo boca de Teatro Negro de Praga amado por las gallaretas, quedaban solamente sus ropas, su gorra visera blanca con el logo de Coca Cola en la frente y su dentadura postiza, prolijamente acomodadas en la reposera de madera.

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