Breve argumento

Una mujer se suicida. Un amigo recibe una carta de ella. En esta, ella le dice que se mató porque El Visitante no la deja tranquila, que ni siquiera durmiendo la deja tranquila. Investiga el caso y descubre que se haya ante un antiguo dios Andrófago de la guerra y la muerte relegado al mundo del sueño por las Parcas que recolecta muertos por fuera del Destino. El Amigo recibe la ayuda de ellas y de El Anciano (un personaje de los sueños indeterminado) para detenerlo. El Visitante se hace cada vez más fuerte y amenaza al resto de la humanidad. Finalmente el equipo vence, pero El Amigo queda atrapado en el mundo de El Visitante como tutelado de El Anciano y contralor de El Visitante.

Boceto capítulo 1

Juan Borcios está sentado en una sala de espera en el centro porteño. A su lado se encuenta un hombre mayor alemán que vive de joven en Argentina llamado Ernst Quaderer. Mientras esperan al psiquiatra, comiezan a hablar de boberías circunstanciales: el clima que está loco, el fútbol que ya no es lo que era antes, la belleza de las porteñas. Tras media hora de espera, pasa recién el que está adelante de Quaderer (Borcios sigue en orde a Quaderer). Pasa el rato y, entrados en confianza, Quaderer le pregunta a Borcios cuál es el inconeniente por el que visita al médico, cuál es la sintomatología. Entonces Borcios responde:
– Si le dijera, me creería del todo demente. Pero no me importa. Estoy aquí porque derroté al demonio que se alimenta de nuestras pesadillas – y de nosotros mismos.
Quaderer se sorprende. Duda qué hacer.
– Realmente me dejó sorprendido, no sé qué decir.
– No tiene nada que decir. Ahí sale la que estaba delante suyo en el turno. ¿Usted tiene que hacer algo luego del turno?
– No, pedí el día de trabajo.
– Si quiere tomamos un café luego.
Así comenzó todo. Así las sombras de las pesadillas nublaron la vigilia. Así Borcios comenzó esta historia contándosela a Quaderer.

3. La muerte agazapada marcaba su compás

Victoria dejó una carta sobre la mesa. Su mano derecha sostenía un revolver 38 largo. Su cuerpo estaba a dos metros, en el suelo, con un agujero en el parietal derecho y un cráter en el izquierdo. La carta estaba a mi nombre. La Policía me pasó a buscar y tuvo la deferencia de darme ambas buenas noticias. Me solicitaron que fuera a reconocer “el cuerpo”. “No es un cuerpo. Es Victoria”, pensé.
Cuando la fui a reconocer en la Morgue Judicial de Viamonte entre Uriburu y Junín, me invadió la inquietud de ver por primera vez un cadáver. Pero recordé que no iba a ser inaugural. Había visto un cadáver antes. En la calle. Como todo debut, fue especial: el muerto tuvo la deferencia de morirse frente a mi. O mejor dicho, bajo mi. Ocurrió una hora después de Navidad, en Mar del Plata. Estaba en el balcón terraza del departamento donde vivía. Un gordo gigante con su familia caminaban por avenida Independencia. Sobre esa calle daba el balcón del primer piso donde vivía yo. De repente, se desplomó. Sobre sus espaldas. Estaba en cueros, con un short rojo. Llegó la ambulancia. Intentaron hacer de todo. Respiración boca a boca. Reanimacion. Descargas eléctricas. Nunca sobrevivió. Ni revivió. La hija lo abrazaba, llorando. Gritaba desesperada “Perdoname, Papá. Perdoname” como si fuera un mantra que lo resucitaría o la salvaría de las culpas. Se lo llevaron al Gordo. Todos los curiosos se fueron. Yo también. Fin de la escena.
Quiero pensar en qué me aterra de verla a Victoria. Me entristece que haya muerto. Pero no quiero estar asustado de ver su cuerpo. No debería tenerle miedo, ya que el horror me es terreno. Todo el horror me es terreno.

2. Una esperanza humilde

El psicólogo escuchó esto y fue claro.
– Usted debe irse y lejos. Lo más pronto posible.
Lo miré perplejo.
– Yo no abandono los partidos.
– Esto no es un partido de fútbol ni está jugando al ajedrez. No está entregando el rey. Debe irse de su ambiente. Así se lo dijo El Anciano. Esta no es su guerra. Es la guerra de otros. Y usted está en el medio, sufriendo los daños colaterales.
Lo escuché llorando. Porque tenía razón. Porque no quería dejar mi lugar.
– Mire. Le propongo algo. Puede irse a Buenos Aires. Tiene amigos y familiares allí. Si no funciona, puede volver. Yo estaré aquí. Pero si no lo intenta, yo no lo vuelvo a atender.
– Sos un hijo de puta. No podés decirme eso. No me podés tirar esa presión.
– Si no se lo dijera, ¿lo haría?
– No.
– Entonces hágalo. No es una orden. Es un consejo. Es lo mejor para usted. Sería un hijo de puta, según sus palabras, si siguiera atendiéndolo, cobrando por sus sesiones y no me importara lo que a usted le ocurre. Piénselo bien. Si todavía no se fue, lo espero el jueves que viene a las 17 horas.
Caminé hasta casa. Al llegar, organicé mi ida de Costas Bajas. Me quedé una semana más solamente para despedirme de él.
Esto fue hace once años. Y no volví. Pero haría falta Rosemberg en momentos tan aciagos como este. En momentos en los que los bordes de los Sueños y la realidad son difusos. Literalmente difusos.

1. El viajero que huye

Estoy en un campo de pasturas no muy altas. Estas me llegan a la altura de la rodilla como mucho. A cien metros hay una torre de terracota de doscientos metros de alto con un amplio mirador en su pico. No sé de que estilo arquitectónico es.
Llego a su cúspide y desde allí veo todas las verdes tierras hasta el horizonte recortado por las sierras donde las habita la tribu que se llama a si misma “La Gente” o “Nosotros”. Sus caseríos están emplazados dentro de la roca de las sierras, por lo que el pasto apenas es manchado del marrón de los palos y los cueros.
Camino y llego al Pueblo de las Sierras. Allí me recibe El Anciano. Me muestra el lugar. Me presenta a los lugareños que se le acercan a saludarlo sin decirles más que el que soy un amigo extranjero. Las nubes oscuras, que hasta ese momento no habían tapado el sol y eran lejanas, ahora lo obstruyen sobre nuestras cabezas. Las tinieblas dan más gravedad al rostro de El Anciano. Me toma de los hombros y me lleva a una cápsula blanca que sé es un aparato volador. Está tan fuera de lugar como de tiempo. Es ovalada y de ese blanco puro hospitalario. Una puerta es la mitad de su tamaño. Parece de algo tan artificial como el plástico o esas aleaciones metálicas nuevas. Apenas hay lugar para sentarme.
A lo lejos veo acercarse tropas caminantes, marchando con sus lanzas unifórmemente, como una danza macabra de la guerra.
– Usted tiene que irse. Debe irse. No pertenece a esta lucha. Debe estar en su mundo.
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Me levanto de la cama y voy en boxer hasta el living. Allí Padre y Madre miran televisión desde la mesa. La luz del sol blanco que entra por las ventanas hace más irreal la escena.
– ¿Qué pasó? ¿Tuviste otra pesadilla? – pregunta Padre, sonriente.
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Finalmente despierto, por segunda y última vez, en el mundo real.